En la patata mecánica nos estamos volviendo locos, esta vez traemos una bonita novela por post, pero con un matiz significativo y es que todo el que quiera puede participar. Y como mierda funciona esto!

Bien sencillo si queréis participar enviad un email con vuestro bonito aporte, de más o menos el mismo tamaño que los nuestros y en el siguiente post los postearemos. Cada post de nuestra patatovela tendrá 3 de esos cachos así que estará compuesta por 3 escritores, y si en algun momento coinciden 2 escritores escribiendo el mismo cacho postearemos las 2 versiones y haremos una encuesta para ver cual de las 2 se queda, he aquí el primer episodio.

He aquí pues el volúmen 1, donde hemos participado 3 integrantes patatomecánicos. A ver si sois capaces de adivinar quién ha escrito qué parte!

El ataque de los Zombies alienígenas parte I

La sangre emanaba a borbotones del humeante cadáver de Rebecca, Ray se encontraba a su lado sin el brazo izquierdo y con una sonda anal asomando por su ano. La sonda emitía una luz roja intermitente, haciéndole parecer una bicicleta aparcada en medio de la acera.

Rebecca emitía un sonido gorgojeante debido al profundo corte que tenía en el cuello. Entre los gemidos se escuchó una palabra: “Greynold!”.

Ray se despertó sudoroso en la cama, sin poder quitarse de la cabeza la palabra ” Greynold”. Se levantó y se puso un tazón de cacao, con unas galletas que tenían un dibujo de un hombre que corría,  no podía dejar de mirarlas cada vez que se levantaba de la cama y  se ponía a desayunar. Antes de untar la galleta en la leche, se quedaba embobado mirando al alegre monigote.

Después de desayunar, se duchó, se vistió y bajó al garaje en busca de su coche. Un mustang rojo del 78, renovado con un bonito motor de ingravidez instalado por el mismo, la verdad es que le encantaba esa belleza. Se montó en el asiento del conductor y pudo notar como los nuevos asientos de cuero que había comprado eran realmente cómodos, y con la calefacción bajo sus nalgas ya no podría abandonar jamás aquel cubículo del placer.

-Miau- al reconocer el comando de voz de encendido el coche arrancó con un suave ronroneo del motor de ingravidez, semejante a la tos de una hiena  moribunda. -  Al curro, pequeño – y el mustang puso rumo directo a la planta clasificadora de tungsteno de la empresa “Joe & hijos, tungsteno refinado S.L”.

Joe era hoy por hoy el empresario más rico y poderoso sobre la faz de la Tierra (Tierra I, II, III,  IV y en cuanto estuviese acabada, de la Tierra V también) ya que había sido el empresario modelo: había pisoteado, aplastado, avasallado, arrasado y pasado por encima de los cadáveres de sus competidores (todo literalmente y no necesariamente en ese orden). Era, sin duda alguna, el capo de la mafia del siglo 25.

Joe tenía el monopolio del tungsteno de todas las Tierras y daba la casualidad que gracias a recientes estudios científicos, el tungsteno era la mayor fuente de combustible, un rejuvenecedor excelente capaz de hacer vivir a la gente cien años más y un potente afrodisíaco. Gracias a estas 3 propiedades Joe con sus 168 años era un viejo enorme y terrible, con tantos hijos que no podía ni contar y con un pene biónico que ronroneaba como una hiena moribunda con tos.

Ray aparcó su mustang, no sin cierta pena, ya que ahora se le estaba helando el culo,y puso rumbo a su puesto.

-Ray, qué haces usando todavía esa chatarra del milenio pasado, mira mi nuevo Mercury-fly-intergravyturbo 3200, con dispositivo de salto interplanetario y bandeja para tazos incluida. Todo pagado por la empresa claro.

-No a todo el mundo nos paga los caprichos nuestro papuchi, Joe- respondió Ray – cabrón enchufado – añadió cuando little Joe se había alejado lo suficiente.

Little Joe era uno de los muchos hijos de Joe (padre) que trabajaban en la empresa, en la gran lista de Joes que estaban metidos en “Joe & hijos, tungsteno refinado S.L” podíamos encontrar (entre otros) a Little Joe, Joe jr., pequeño Joe, Joe (hijo) y Joe II. Todos herederos del encantador carácter de capo de la mafía de Joe (padre).

-Buenos días, diríjanse a sus plataformas de lanzamiento- la voz sintética enlatada que despertaba a los trabajadores de su somnolencia matutina era lo que menos le apetecía escuchar a Ray -Recuerden que deben estar descalzos,  mantenerse en posición vertical y no olviden que no pueden separar sus brazos de su abdomen hasta que sean recogidos- Ray se apresuró al vestuario, embutiéndose en su traje de trabajo tan rápido como le permitía su todavía orgánica habilidad.

En la Tierra, todavía se empleaban las ya oxidadas “escopetas”, como mundanamente se denominaba a los trabuquetes transplanetarios. Es habitual que las empresas financien el transporte de sus empleados hasta el puesto de trabajo, lo que no es tan habitual es que lo mantengan actualizado.

Ray se colocó en la plaza número 22 de la plataforma del trabuquete, con una modesta capacidad para 50 personas.

-Iniciando tensado del mástil, completado. Anclando personal, anclado. Calculando probabilidad de tragedia, calculada – la verdad es que a Ray  le sudaban las manos cada vez que montaba en escopeta, no entendía por qué el sistema primero anclaba al personal y luego calculaba la probabilidad de que se espachurrasen contra un asteroide – Disparo en tres, dos… disfrute de su viaje en trabuquete con TIA, Transportes Intergalácticos Avanzados… – Ray maldecía el día en el que se dio vía libre para incrustar publicidad en las cuentas atrás del transporte transplanetario – uno…

Inmediatamente después, el gran mástil que por un lado unía la plataforma donde se encontraban anclados los trabajadores de “Joe & hijos, tungsteno refinado S.L.” de la ciudad de Atlanta y, por el otro lado, unía un obsoleto motor cuantifásico de aceleración psiónica, se convirtió en el medio para utilizar el tan simple efecto palanca para literalmente disparar a 50 trabajadores a través del espacio hasta su puesto de trabajo en la deformada Luna. Estos pequeños perdigones serían recogidos puntualmente por la unidad de recepción de personal, con unas rudimentarias redes como las que todavía usan los niños para entretenerse con las mariposas. Esta vez, Ray no tuvo que esperar demasiado a la deriva, los de recepción parecían haber desayunado en condiciones.

-Valla, hoy os estáis dando prisa- soltó Ray, intentando obtener la razón que justificara tanta inusual eficacia -Bueno, al viejo ayer se le debió atragantar la “getup”- contestó el operador de la red de recepción número 22, refiriéndose a la famosa pastilla, basada en tungsteno, que permite seguir disfrutando de algunos placeres de la vida a los que la sangre ya no se les concentra donde debe cuando debe – Jodido Greynold, si por lo menos algún día fuera a picharla.